La mayoría de los turistas llegan a Bilbao por el Guggenheim. Nosotros vinimos por la costa. Más concretamente, vinimos a Sopelana, un pequeño pueblo costero al norte de Bilbao, atraídos por sus playas, sus espectaculares acantilados y las olas del Atlántico, perfectas para practicar surf. Como apasionados del surf, nos pareció natural elegir un lugar donde el mar pudiera ser el protagonista.

Lo que no esperábamos era descubrir hasta qué punto Sopelana se convertiría en la base perfecta para explorar no solo la costa, sino también Bilbao. Nos quedamos casi tres semanas, con nuestro perro, y nunca nos faltaron cosas que hacer. Cada día podía ser diferente: una mañana en la playa, una caminata por los acantilados, un paseo en bicicleta, una nueva cala por descubrir o un día en Bilbao. Y llegar a la ciudad no requería coche: el metro conecta Sopelana con Bilbao en unos 35 minutos, con servicios muy frecuentes (cada 10 minutos durante el día y cada 20 minutos por la noche los fines de semana).
Fue precisamente esta combinación la que nos hizo descubrir lo interesante que es esta parte del País Vasco para unas vacaciones más lentas y sostenibles: puedes disfrutar del mar y de la naturaleza sin renunciar a la cultura y a la vida urbana, utilizando el transporte público para desplazarte entre estos dos mundos.
En lugar de visitar Bilbao durante un fin de semana, corriendo de una atracción a otra, ¿por qué no quedarse más tiempo y dejar que el paisaje marque el ritmo del viaje?
Sopelana: surf, playas y acantilados

Sopelana es muy diferente de Bilbao, y precisamente ahí reside su encanto.
Las playas de Arrietara–Atxabiribil, Barinatxe-La Salvaje y Meñakoz están rodeadas de altos acantilados y verdes praderas y atraen a surfistas de toda Europa.
Para nosotros, el surf era naturalmente uno de los principales atractivos. Pero no hace falta ser aficionado al surf para apreciar el paisaje. Puedes caminar por los acantilados, ir en bicicleta entre los miradores de la costa, observar aves marinas o simplemente detenerte y contemplar el Atlántico.
Una de las cosas que más me gustó fue tener la oportunidad de volver a los mismos lugares una y otra vez. La costa cambia constantemente con las mareas, el viento y la luz. Una playa visitada por la mañana puede parecer completamente diferente por la tarde. Esta es una de las razones por las que unas vacaciones más largas pueden ser tan agradables: no es necesario verlo todo de una vez.
Caminar por la costa hasta Getxo

Una de las rutas más bonitas comienza en las playas de Sopelana y sigue la costa hacia Punta Galea y Getxo. En unas dos horas, dependiendo de cuántas veces te detengas, puedes llegar al Molino Aixerrota, el histórico molino de viento con vistas al mar.
A lo largo del camino encontrarás espectaculares acantilados, praderas costeras, miradores panorámicos, aves para observar y playas donde puedes bajar hasta el agua.
Es una ruta para recorrerla lentamente, deteniéndote cada vez que el paisaje te invite a hacerlo.

La costa continúa después hacia Getxo, desde donde puedes regresar a Sopelana o continuar hacia Bilbao en transporte público.
Estos senderos forman parte de la ruta del Camino del Norte a Santiago de Compostela. No es necesario recorrer cientos de kilómetros para experimentar el espíritu del Camino: incluso unas pocas horas a pie pueden convertirse en un pequeño ejercicio de viaje lento.
Una costa sorprendentemente dog-friendly

Viajar con un perro a veces puede hacer que elegir un destino sea más complicado. En Sopelana ocurrió exactamente lo contrario.
Los perros están por todas partes y muchos se comportan de manera ejemplar. Es bastante habitual ver a algunos sin correa, siempre bajo el control de sus dueños.
Hay playas más apartadas y aptas para perros, como Meñakoz hondartza. Son rincones más salvajes y tranquilos, donde a menudo encontrarás muy poca gente y podrás disfrutar fácilmente de un ambiente completamente diferente al de las playas más conocidas.
Pero incluso en las playas principales, puedes acceder a la orilla con tu amigo de cuatro patas después de las 20:00. Al atardecer, la larga franja de arena de Sopelana cobra vida con perros corriendo, jugando, caminando por la orilla y lanzándose a las olas junto a sus dueños.
Una imagen sencilla, pero que captura perfectamente el espíritu de Sopelana: deportivo, informal y profundamente conectado con el aire libre.
San Juan de Gaztelugatxe: descubrir la costa a un ritmo más lento

Una estancia más larga también te da la oportunidad de explorar otros lugares a lo largo de la costa vasca.
Uno de los más espectaculares es San Juan de Gaztelugatxe, el islote rocoso conectado con tierra firme por un puente de piedra y coronado por una pequeña ermita.
Su fama internacional también creció gracias a Juego de Tronos, pero el verdadero atractivo del lugar reside en su paisaje: acantilados, olas, rocas y una espectacular escalera que conduce hasta la ermita.
El elevado número de visitantes ha llevado a introducir medidas para gestionar los flujos de personas y, durante los periodos de mayor afluencia, es necesario reservar con antelación el acceso gratuito.
Este es otro ejemplo de cómo el turismo sostenible no consiste únicamente en elegir cómo viajar, sino también en aprender a visitar lugares frágiles respetando sus límites.
De la costa a Bilbao sin coche

En algún momento, después de pasar días entre playas y senderos, llega de forma natural el momento de coger el metro. Desde Sopelana, se puede llegar a Bilbao en unos 35 minutos, y la frecuencia de los trenes permite organizar el día sin tener que seguir un horario rígido.
Un consejo práctico: si tienes previsto utilizar el metro varias veces, merece la pena comprar una tarjeta Barik anónima y recargable. Puedes adquirirla directamente en las máquinas expendedoras de las estaciones de metro: la tarjeta cuesta 3 € y la recarga mínima es de 5 €. Puedes cargar el monedero Creditrans en la tarjeta y el coste de cada trayecto se descuenta automáticamente. En 2026, las tarifas reducidas del metro son de 1,02 €, 1,19 € o 1,30 €, dependiendo de las zonas atravesadas, frente a 2,00 €, 2,20 € o 2,25 € de un billete sencillo.
Hay otra ventaja especialmente útil para las familias: una tarjeta Barik anónima puede ser utilizada por la misma persona para varios viajeros que viajen juntos, hasta un máximo de 10 personas. Solo hay que realizar validaciones consecutivas tanto al entrar como al salir del metro.
En la práctica, una sola tarjeta puede ser suficiente para toda la familia, haciendo que desplazarse no solo sea más económico, sino también más sencillo. Metro Bilbao recomienda utilizar una tarjeta Barik y recargarla con antelación para evitar colas en las máquinas expendedoras, especialmente en los periodos de mayor afluencia.
De esta manera, una mañana en la playa puede convertirse en una tarde en el museo. Un paseo por los acantilados puede continuar con una cena en la ciudad. Y no hay necesidad de buscar aparcamiento ni enfrentarse al tráfico.
Llegar a Bilbao después de pasar varios días en la costa también permite contemplar la ciudad desde otra perspectiva. Porque no es simplemente una ciudad famosa por un museo. Es una ciudad que ha transformado profundamente su relación con su entorno durante las últimas décadas.
Bilbao: la ciudad que reinventó su ría

Durante generaciones, la ría de Bilbao estuvo en el corazón de una importante economía industrial.
Astilleros, fábricas, almacenes e infraestructuras portuarias ocupaban las orillas del río, mientras que la actividad industrial transformaba profundamente el paisaje y la vida cotidiana de la ciudad. Cuando las industrias tradicionales entraron en declive, Bilbao se enfrentó a un enorme desafío: ¿cómo podía reinventarse sin borrar su identidad industrial?
La respuesta llegó a través de un largo proceso de regeneración urbana. La inauguración del Museo Guggenheim Bilbao en 1997, diseñado por Frank Gehry, se convirtió en su símbolo más famoso.
El llamado “Efecto Bilbao” describe precisamente la capacidad de un gran proyecto cultural y arquitectónico para contribuir a la transformación de una ciudad y a su visibilidad internacional.
Pero detenerse en el Guggenheim significaría contar solo una parte de la historia.
El Guggenheim: arquitectura, luz y materia

El museo fue concebido como una escultura habitable. Sus superficies de titanio, formadas por miles de finos paneles curvos, reflejan la luz del Atlántico de manera diferente a lo largo del día: fría y plateada por la mañana, más cálida y dorada al atardecer.
El edificio, diseñado por el arquitecto estadounidense Frank Gehry, no tiene una única fachada principal. Está pensado para ser recorrido y contemplado desde todos los ángulos, especialmente desde la Ría.
En el interior, los espacios expositivos son deliberadamente flexibles y monumentales, diseñados para albergar instalaciones de gran escala.
Una de las características más fascinantes es la relación constante entre el interior y el exterior: algunas de las obras dialogan directamente con el paisaje urbano y el agua que rodea el museo.

El Guggenheim y la sostenibilidad
El Guggenheim se ha convertido naturalmente en el monumento más famoso de la ciudad. Pero hoy el museo también resulta interesante por el trabajo que está desarrollando en el ámbito de la sostenibilidad medioambiental.
El Guggenheim ha desarrollado una estrategia destinada a alcanzar la neutralidad climática en 2030, centrada en la energía, las fuentes renovables, la gestión de residuos, los materiales de las exposiciones, la logística, la conservación y la educación ambiental.
En 2024 se instalaron 300 paneles solares en las cubiertas del museo, ayudando a generar energía renovable y reducir el consumo. Además, desde junio de 2024, toda la electricidad utilizada por el museo procede de fuentes sostenibles. Otras medidas incluyen iluminación LED, sistemas optimizados de climatización y una mayor atención a la circularidad en el diseño y los materiales de las exposiciones.
El museo también ofrece un Green Tour, que explora la relación entre determinadas obras de la colección y las cuestiones medioambientales. Y es precisamente a través del arte como estos temas adquieren una fuerza especial.
El Green Tour del Guggenheim: mirar el arte con otros ojos

El Green Tour es un recorrido de unos 60 minutos que invita a los visitantes a contemplar determinadas obras de la colección permanente desde la perspectiva de la sostenibilidad medioambiental.
Es un itinerario autoguiado que recorre diferentes zonas del museo, planteando en cada parada una pregunta, una curiosidad o una conexión diferente entre el arte y la naturaleza.
No es un recorrido técnico sobre las propias prácticas de sostenibilidad del museo, sino una manera de descubrir cómo temas como el agua, la vegetación, la atmósfera, el clima y nuestra relación con el planeta pueden formar parte de la experiencia artística.

El recorrido comienza en el exterior, frente a Puppy, el gigantesco perro floral de Jeff Koons. Es difícil imaginarlo como una obra de arte “viva”, pero literalmente lo es: la estructura está cubierta por unas 35.000 plantas con flores, que cambian según las estaciones. Begonias, petunias, lobelias y otras variedades forman una especie de piel vegetal que transforma continuamente el aspecto de la escultura.
En el Atrio encontramos a Jenny Holzer, que utiliza la luz y las palabras para transmitir mensajes relacionados con la sociedad, la política, la guerra y la condición humana. El recorrido invita a reflexionar sobre cómo incluso algo aparentemente inmaterial, como la luz, puede convertirse en un poderoso medio artístico y comunicativo.

Pero una de las paradas que me pareció más fascinante está dedicada a la niebla de Fujiko Nakaya. En la terraza con vistas a la Ría, la artista japonesa transforma el agua y la atmósfera en un auténtico material escultórico.
La niebla se produce mediante un sistema de bombas ocultas bajo el borde del estanque y cambia constantemente según las condiciones del aire y del entorno.
Entras en la propia obra de arte. La niebla aparece, se mueve, cambia de forma y desaparece según las condiciones meteorológicas. Cada encuentro es diferente.
Es una obra casi imposible de “fotografiar” de verdad: hay que estar allí, esperar y observar cómo el agua, el aire y la luz se transforman ante tus ojos.

Desde aquí, el recorrido también conduce hasta Maman, la enorme araña de Louise Bourgeois, de casi nueve metros de altura, y hasta Wish Tree for Bilbao de Yoko Ono, una obra participativa que invita a los visitantes a expresar un deseo de paz.

Pero es en la parte final del recorrido cuando el tema medioambiental se vuelve más directo, con Rising Sea del artista ghanés El Anatsui. Su gran escultura metálica, creada mediante el ensamblaje de innumerables pequeños elementos, se inspira en las tradiciones artísticas africanas y adquiere al mismo tiempo una dimensión contemporánea y global.
Desde lejos, parece casi un enorme tejido precioso. Sin embargo, al acercarte, aparecen fragmentos individuales, ensamblados por el artista para crear una superficie brillante y fluida.
Rising Sea de El Anatsui es, en realidad, una gran instalación realizada con miles de fragmentos de metal y materiales desechados. El título, Rising Sea, evoca el aumento del nivel del mar y el cambio climático.
Después de pasar días contemplando las olas desde los acantilados de Sopelana, de repente el mar está allí dentro del museo. Visitar el Guggenheim puede convertirse así en una oportunidad para reflexionar sobre el agua, la vegetación, la atmósfera y el cambio climático, revelando un hilo sorprendentemente natural entre el paisaje exterior y el mundo del arte.
Azkuna Zentroa: el centro cultural de Philippe Starck

Otro ejemplo importante de regeneración urbana se encuentra en el corazón de Bilbao. Azkuna Zentroa – Alhóndiga Bilbao, rediseñado por el arquitecto francés Philippe Starck, es uno de los ejemplos más interesantes de reutilización adaptativa de la ciudad.
El edificio original era un gran almacén de vino, construido a principios del siglo XX. Starck decidió conservar el histórico exterior de ladrillo, elegante y monumental, manteniendo la conexión del edificio con su pasado.
En el interior, sin embargo, el espacio fue completamente transformado y dividido en tres volúmenes independientes: una mediateca, un centro deportivo con piscina y un gran espacio dedicado al arte y las exposiciones. En el nivel inferior también hay numerosas salas de exposición, cines y espacios culturales.
Uno de los elementos más llamativos es la gran plaza cubierta, una especie de ágora contemporánea rodeada por 43 columnas, todas diferentes, diseñadas por el artista italiano Lorenzo Baraldi. No hay dos iguales: juntas crean la sensación de estar dentro de un bosque artificial formado por diferentes formas, colores y materiales.

Sobre el complejo hay una gran terraza pública, abierta y llena de luz, que ofrece sorprendentes vistas sobre los tejados de Bilbao. Es un espacio urbano suspendido diseñado como lugar de encuentro, descanso y pausa, totalmente integrado en la ciudad.
Azkuna Zentroa demuestra cómo la sostenibilidad también puede adoptar la forma de una reutilización inteligente de edificios existentes, transformándolos en lugares vibrantes, multifuncionales y abiertos a todos.
Zorrotzaurre: el próximo capítulo de Bilbao
Para ver cómo la transformación de Bilbao sigue desarrollándose, basta con salir del Guggenheim y seguir la Ría hacia Zorrotzaurre.
Antiguamente un distrito industrial y portuario, la zona está experimentando una importante transformación para convertirse en un nuevo barrio con viviendas, espacios culturales, zonas públicas y espacios verdes.
Lo que hace especialmente interesante a Zorrotzaurre es que la transformación todavía está en curso y, por tanto, sigue siendo visible. Los antiguos edificios industriales conviven con la nueva arquitectura. Las huellas del pasado productivo de la zona no han desaparecido; se están convirtiendo en parte de un nuevo paisaje urbano.
El proyecto también incluye medidas relacionadas con la protección frente a las inundaciones, la gestión del agua y la creación de nuevos espacios públicos y verdes, mirando al futuro mediante soluciones de smart city.
La energía renovable, los edificios altamente eficientes desde el punto de vista energético, la movilidad eléctrica, los sistemas inteligentes de gestión y almacenamiento de energía, así como las tecnologías geotérmicas e hidrotérmicas, forman parte de la visión de Zorrotzaurre como un nuevo barrio de bajas emisiones. El objetivo es experimentar con un modelo urbano en el que arquitectura, tecnología y sostenibilidad trabajen juntas, transformando una antigua zona industrial en un lugar más resiliente, habitable y conectado.
Bilbao para descubrirlo a un ritmo más lento

Una vez en la ciudad, muchos de los lugares más interesantes se pueden visitar a pie. Seguir la Ría permite observar la transformación urbana de Bilbao casi como si fuera un viaje al aire libre.
Desde el Guggenheim, puedes continuar hacia el Parque de Doña Casilda, caminar hacia el centro de la ciudad y llegar hasta Azkuna Zentroa. Si prefieres desplazarte más rápido o recorrer distancias más largas, también existe Bilbaobizi, el servicio público de bicicletas compartidas de la ciudad, con estaciones por todo Bilbao. Puedes recoger una bicicleta y devolverla en otra estación de la ciudad.

O puedes cambiar de perspectiva y subir hasta Artxanda, donde Bilbao aparece rodeada de verdes colinas. Es una imagen importante para comprender la ciudad: Bilbao no es simplemente una metrópolis industrial transformada, sino un centro urbano integrado en un paisaje natural. Es precisamente esta relación entre la ciudad, el agua y las colinas circundantes la que hace tan fascinante su regeneración.
Bilbao más allá del Guggenheim
El Guggenheim cambió Bilbao para siempre. Y quizá valga la pena recordar que, durante los años de crisis industrial, nadie podía imaginar que Bilbao se convertiría algún día en un destino capaz de atraer visitantes de todo el mundo. El museo, inaugurado en 1997, contribuyó a cambiar esa percepción y se convirtió en el símbolo de una transformación urbana mucho más amplia.
Después de pasar casi tres semanas en Sopelana, empecé a ver el Guggenheim como parte de una historia mucho más grande: la de una ciudad que todavía hoy sigue reinventándose, entre cultura, naturaleza y nuevas formas de relacionarse con su entorno.

Camina por los acantilados desde Sopelana hacia Punta Galea. Observa a los surfistas. Explora las playas. Lleva a tu perro a correr por la arena al atardecer. Sigue los senderos costeros en bicicleta. Deja que el tiempo determine tus planes.
Después, toma el metro hasta Bilbao. Sigue la Ría. Explora Zorrotzaurre. Entra en Azkuna Zentroa. Descubre cómo una ciudad industrial ha aprendido a reutilizar sus espacios y a reinventarse. Y finalmente, visita el Guggenheim.
Admira su arquitectura, por supuesto. Pero también mira más allá: el compromiso medioambiental del museo y la manera en que los artistas pueden ayudarnos a replantearnos nuestra relación con la naturaleza.
Detente frente a Rising Sea y piensa en el océano que acabas de dejar atrás. Mira a Puppy y las plantas vivas que cubren su enorme estructura. Entra en la niebla de Nakaya y experimenta el agua y el aire como materiales artísticos.
En ese momento, el Guggenheim ya no se sentirá como el destino. Se convertirá en un capítulo de un viaje mucho más amplio, desde la costa atlántica hasta el corazón de una ciudad que sigue reinventándose.
Y quizá esta sea la mejor manera de entender el turismo sostenible. No ver más cosas en menos tiempo, sino quedarse el tiempo suficiente para ver un lugar con otros ojos.
Imagen de portada: foto vía Canva PRO

